Solo te quedan 6 meses. ¿Qué dejas de hacer?
¿Esto que estás haciendo ahora mismo importará dentro de cinco años?
Hay una pregunta que no te haces nunca.
Y no te la haces porque si te la haces de verdad, con el estómago, todo lo que tienes montado se cae.
La pregunta es esta: si te dijeran que tienes seis meses de vida, ¿qué dejarías de hacer mañana mismo?
Piénsalo de verdad. No con la cabeza. Con las tripas.
Ese cliente que te drena pero paga. Fuera. Esa red social que publicas por inercia. Fuera. Esas reuniones de los lunes que no llevan a ningún sitio. Fuera. Ese proyecto que odias pero te dices “es que da dinero”. Fuera. Esa persona con la que llevas años sin hablar y que tienes pendiente llamar. Ya no está pendiente, está hecha.
Todo lo que lleva meses en tu lista de urgente desaparece en cinco segundos.
Y lo que queda es tan pequeño que da miedo verlo.
Yo lo sé porque me pasó.
En 2016 me trasplantaron un riñón.
Y en los días antes de entrar al quirófano, te juro que no pensaba en el negocio. No pensaba en métricas. No pensaba en si había bajado la conversión ni si el algoritmo me favorecía ese mes.
Pensaba en cuatro cosas. Las mismas cuatro cosas en las que piensa todo el mundo cuando la realidad le mete una hostia de verdad.
No te voy a decir cuáles son porque ya las sabes.
El problema no es que no las sepas.
El problema es que necesitas una hostia para acordarte de ellas.
Y eso es exactamente lo que los estoicos intentaban evitar.
Tenían un concepto para esto. Lo llamaban memento mori. Que en latín viene a ser algo así como “recuerda que vas a morir”. No como amenaza. No como rollo oscuro de tío que se viste de negro y escucha metal. Sino como herramienta. Como forma de aclarar qué importa antes de que alguien te lo tenga que aclarar a las bravas.
Y aquí viene lo que la mayoría no entiende del memento mori.
No es pesimismo. No es obsesionarse con la muerte. Es exactamente lo contrario.
Es una tecnología mental. Una de las más potentes que existen. Porque lo que hace es colapsar el tiempo. Te saca del bucle de lo urgente y te planta delante de lo único que de verdad importa. En dos segundos. Sin terapia. Sin retiro espiritual. Sin nada.
Solo la pregunta.
Y la pregunta funciona porque la muerte es el filtro más honesto que existe. No te puedes mentir delante de ella. Cuando el tiempo se acaba de verdad, o lo que estás haciendo importa, o no importa. No hay término medio. No hay “bueno, es que genera cashflow”. No hay “ya lo cambiaré cuando pueda”.
Se acaba el tiempo para las excusas.
Marco Aurelio, que gobernaba el imperio más grande del mundo, se lo escribía a sí mismo cada día.
El tío tenía ejércitos, tenía poder, tenía dinero, tenía todo lo que cualquiera querría tener. Y aun así se levantaba cada mañana y se recordaba que era mortal. Que el tiempo se acababa. Que lo que no hacía hoy podía no hacerlo nunca.
¿Por qué? Porque sin ese recordatorio, uno se pierde. Se mete en la rueda. Se convence de que lo urgente es lo importante. Se pasa el día apagando fuegos que no importan y dejando para mañana lo único que de verdad importa.
Y el mañana, ya sabes, llega o no llega.
Mira.
La mayoría de emprendedores que conozco están muy ocupados. Reuniones, llamadas, emails, métricas, contenido, lanzamientos, sistemas, herramientas. Muy ocupados. Muy estresados. Muy cansados.
Y si les preguntas “¿esto que estás haciendo ahora mismo importará dentro de cinco años?”, la mayoría se queda callada.
Porque la respuesta es no. Que el 80% de lo que hacen cada día es ruido. Es urgente pero no es importante. Es lo que les grita más fuerte pero no es lo que realmente cambia las cosas.
Y esto es lo que me parece más brutal del memento mori como herramienta práctica.
No te dice qué añadir. Te dice qué quitar.
Esa es la diferencia. Porque el problema del emprendedor no suele ser que le falten cosas. Es que le sobran. Le sobran proyectos que no debería haber empezado. Le sobran clientes que no debería haber aceptado. Le sobran compromisos que cogió por no saber decir que no. Le sobra ruido que confunde con trabajo.
Y todo eso sigue ahí porque nunca se ha hecho la pregunta de verdad.
Séneca lo decía así: el tiempo no nos falta, lo malgastamos. No es que no tengas tiempo para lo que importa. Es que estás usando ese tiempo en lo que no importa y te has convencido de que no tienes alternativa.
Tienes alternativa. Siempre tienes alternativa.
Pero verla requiere hacerte la pregunta incómoda. La del estómago.
Porque el resto grita más. El resto tiene deadline. El resto tiene consecuencias inmediatas si no lo haces. Y lo que de verdad importa no grita. Espera. Siempre espera. Y tú siempre lo dejas para cuando tengas tiempo.
Y el tiempo no aparece solo. Nunca aparece solo.
La única forma de tener tiempo para lo que importa es quitárselo a lo que no importa.
Y para saber qué no importa, necesitas hacerte la pregunta.
La pregunta incómoda. La del estómago.
Si te dijeran que tienes seis meses, ¿qué dejarías de hacer mañana?
Hazla ahora. No cuando acabes de leer esto. Ahora.
Y luego pregúntate por qué estás esperando a que alguien te lo diga.

