En 2016 me trasplantaron de riñón. Y mira, lo que me movió a emprender no fue ningún momento épico de iluminación ni nada de eso. Fue el miedo, tío. El miedo puro y duro a quedarme sin pasta, a depender de alguien, a que todo se fuera al carajo.
Así que monté un negocio. Facturé. Conseguí la libertad que quería. Y oye, que bien, ¿no?
Pues no. Seguía igual de jodido por dentro. Con el negocio, sin el negocio, con pasta, sin pasta... el ruido de dentro no paraba. Nunca paraba, joder.
Y ahí fue cuando di con el estoicismo. Pero no el de los libros gordos de filosofía que no lee nadie. El de verdad. El que te dice oye, para, suelta lo que no controlas y vive ya de una puta vez.
Llevo casi 10 años emprendiendo. He ayudado a un montón de gente a montarse su negocio libre. Y ahora quiero hablar de lo otro. De la cabeza. De lo que nadie habla porque no mola tanto como los ingresos pasivos y toda esa mierda.
Eso es IMPERTURBABLE. Te doy la bienvenida.


